La historia de Carolina

Hace casi 10 años sufrí mi primer caso de acoso físico. Cuando estaba en el colegio, tenía que ir varias veces a la semana a tutorías de matemática, así que salía de mi casa tranquilamente con el bulto en la espalda.

De camino a clases tenía que pasar por un camino estrecho tipo “callejón”, hecho para cruzar de una cuadra a otra rápidamente. Como es de esperarse, no todos respetaban que el camino fuera para peatones, si no que algunos pasaban en moto y una vez hasta un carro se atrevió a pasar por ahí, aprovechando lo solo del lugar.

Ese día a medio camino noto una moto que se aproxima, así que me corro hacia un lado, tocando casi una de las paredes del callejón, para hacerle campo al tipo que pasaba. Lo que menos me imaginé es que este tipo iba a aprovechar la cercanía para estirarse y tocarme el pecho derecho mientras pasaba rápidamente. Mi reacción fue lenta y rápida al mismo tiempo, puesto que aunque no me dio tiempo de quitarme antes de que me tocara, logré agarrarle la camisa por la espalda con intención de botarlo de su moto. El tipo pudo acelerar rápidamente y escapar, aunque su moto se descontroló un poco cuando lo tomé de la camisa.

Este acosador logró escapar ese día, espero que con alguna herida cuando le clavé mis uñas en la camisa y su espalda. Pero la mala experiencia ayudó a que me convirtiera en activista años después, ya que la indignación y la impotencia de esa situación fue una de las tantas cosas que me dio fuerza para luchar contra el acoso callejero.

No pienso dejarme de nadie y me aseguraré de dejar este mundo un poco más seguro de lo que lo encontré, para que futuras generaciones puedan caminar con la seguridad que se merecen.

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