La historia de Tati: la compañía de una madre

Solía caminar por las madrugadas con mi mamá para ir hacia nuestros respectivos trabajos. Ambas nos dirigíamos a la misma parada de bus para luego emprender viaje hacia ciudades distintas. Ya llevábamos varios días en los que yo me enfrentaba al acoso callejero rutinario, siempre sola. Mi madre, con su perfil bajo, ignoraba la situación. Muchas veces optó por llamarme la atención: “No te pongás agresiva, te puede ir peor”. Como si defenderse no fuese una opción.

Un par de veces lloré al gritar mi defensa, las lágrimas no se contuvieron y la “chicha” desbordaba por mis cachetes. El día de mi historia yo guardé silencio ante todas las vulgaridades, mi mamá se extrañó. Cuando llegamos a la parada, un “pick-up” se detuvo cerca nuestro y varios peones de construcción que se dirigían a sus trabajos me gritaron un sinfín de obsenidades. Tremenda sopresa me llevé al ver que mi mismísima madre los mandó a callar, a su manera, y se volvió hacia mí diciendo “me contagiaste”. Me sacó una sonrisota y desde entonces, quiero contagiar al mundo entero.

Las defensas deben medirse y aplicarse con cautela. Es lamentable que ni en eso tengamos libertad. Lo importante es que como personas nos sintamos seguras y caminemos sin miedo.