Vendedores de porquerías a las 5 de la tarde

Van a disculpar si sueno demasiado mal, pero me da igual porque una no puede caminar con tranquilidad en un país que dice que debe existir libertad de tránsito para todos. Aparentemente esa libertad no es nuestra: de las mujeres. En la esquina frente al INS en San José que está junto a la Iglesia de la Merced, se ponen unos vendedores callejeros a vender sus porquerías (porque lo que venden son controles de televisión quebrados, partes sucias de electrodomésticos y audífonos usados). No son como el resto de vendedores ambulantes que colocan sus productos curiosos de forma improvisada.
Tengo que cruzar la calle ancha entre el INS y la Iglesia de la Merced para llegar a la parada del bus, mientras paso por la acera -aunque ese grupo de hombres apestosos no dan campo ni para pasar al lado de la calle ni en la acera-, me grita uno (ese día usaba pantaloneta gastada color café claro, una camisa sucia de tirantes de colores rojo, verde y blanco; un bolso de esos mismos colores y negro, lentes oscuros traídos de hace una década atrás, pelo corto color café-rubio, la piel roja): «flaca, flaca...», no paraba de gritarme esto, no paró ni un sólo momento aún cuando crucé la calle y lo ignoré. Me gritó muchas más cosas que no quiero mencionar acá por asco.
No es justo que tras de que obstruyan el paso, una tenga que aguantarse sus cochinos, corrientes y mal nacidos «piropos» que me dan una mezcla de cólera y náuseas.

Ojalá esto llegue a alguien, para que quiten a sus vendedores de porquerías de ahí y para que nos cuidemos entre nosotras.