De empezar un día motivada a terminar frustrada.

Iba de camino a mi trabajo, por lo general visto pantalón, blusa y zapatos lo más cómodo posibles, pero ese día desperté algo motivada. Quise vestir un poco más femenina; que mi ropa fuera de acuerdo a la felicidad que sentía, así que decidí ponerme un vestido de manga larga y 3 dedos arriba de la rodilla. Nada vulgar ni “provocativa” para ésta sociedad en la que vivimos, en la que claramente siempre vamos a ser las culpables por nuestra vestimenta (¡qué fastidio no poder vestir tranquilas!).
Resulta que a los 100 metros de llegar a mi destino, voy caminando tranquilamente por la acera cuando aparece el primer tipo, un hombre en su carro azul gritando “¡Qué chanchotes!“. Quería que la tierra me tragara y me mandara directo a mi trabajo para no escuchar ni una sola ofensa más. Desgraciadamente, no fue así. Continúe caminando y para mi mala suerte, dos tipos desagradables  me hicieron señas, ruidos con su saliva y uno de ellos me dice “Qué ricas nalgas, mi amor“.
Eso terminó de volcarme. Mi mente estaba llena de las ganas de llorar, de vomitar y ganas de caparlos.  Pienso en mi hijo; en qué sentiría él al escuchar que tratan a su mamá de esa manera.  Siento rabia de no poder defenderme, de no poder tener un policía cerca para denunciarlos; siento indignación y me siento sucia. No soy objeto sexual de nadie y no me gusta que me digan ese tipo de cosas, quiero respeto, quiero poder caminar tranquila siendo yo.
Quiero vestir femenina para mi, no para satisfacer las cochinadas de ningún enfermo.